"El agua, el estero, el fondo y la tierra; ahí la imagen viva de mi ser, esa imagen pura que no tiene maldad absoluta, y me miro, me miro y sigo sin saber que es..." He caminado en Levendet tarde tras tarde tratando de reencontrar los apasionantes motivos que me llevaron a perderme en tus miradas, con las confusiones frecuentes de mi alma y la añoranza del saber que me amas, aún. ¿Dónde vi la inocencia de la maldad? La retórica del ser es encontrarse, pero vive día a día encontrándose así mismo sin sentirlo, sin tenerlo, sin temerlo. Es el sentimiento de estar -como en un sueño- dentro del momento, pero lejos, muy lejos, en un lugar aparte, en una opresión silente y en un falso paraíso; Tu. Y yo te amé, y yo te amo. Descubrí en ti, ese algo que no se tiene siempre, ese candor y ese amor carnal que vive en nuestras mentes; ese eterno sentimiento de felicidad con solo estar entre tus brazos, miradas y en tu alma. Y nunca te olvidé.
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Se considera que la maldad es fruto de la benevolencia, o hija pródiga del sufrimiento, a la vez que, dado es a pensar por lo sano, la piedad es hija del espíritu de paz o entenada de la caridad. No es fácil encontrar un punto medio entre estos temas, habrá quien considere a la maldad como un producto de la injusticia, de un mal momento, de un sino siniestro. Yo creo, si me es permitido, que la maldad es el marco para esconder ahí nuestros más recónditos odios y exacerbar nuestros anhelos de venganza. Aurel's - Aurelia en castellano- era la prueba más fiable en cuánto a maldad se refiere; fría, cruel, diabólicamente malvada, era la antitésis de la caridad y el perdón. Yo le conocí por casualidad una tarde en medio de una tertulia literaria, sentados en el parque Levendet, en esa bella época en que el calor es sumamente agradable. Estábamos en corro oyendo deleitados las frases espinosas del Barón de Bolitt'son, cantadas a voz de grulla por el Odofréds de Quindir, ella peinaba...